jueves, 1 de septiembre de 2011

EN TREN HACIA TRIESTE


He pensado que podía volver a escribir el diario. Y por eso lo estoy haciendo. Así de fácil. No lo he pensado en cualquier sitio. Pensar en cualquier sitio es demasiado fácil. Lo difícil es pensar en determinados lugares. Y yo lo he hecho en el café San Marco de Trieste. Y ahí sí que es difícil pensar. Lo fácil es pensar sentado en el bus, caminando hacia ningún lugar, apoyado en los muros. Lo difícil es pensar en un lugar espectacular, o mítico, o cargado de significado. Sentado en el café San Marco intento pensar. Qué difícil. Pero lo intento. Hago el esfuerzo una y otra vez. Al final casi lo consigo. Un poco, pero no mucho. Y lo poco que pienso es que podría volver a escribir en el diario. Lo pienso en el café San Marco. Tampoco es mucho pensar. Pero no estoy pensando sentado a cualquier mesa. No. Yo no soy de esos. No pienso en cualquier mesa. Para nada. Pienso sentado a la mesa de al lado de la que tiene reservada permanentemente Il Professore, como llama la encargada del café a Claudio Magris, cuando le comento la presencia del cartel de la exposición de Magris y Trieste que se ha realizado en el CCCB y que está pegado en una pared del mítico local. Y por eso la encargada me cuenta que en la exposición del CCCB se hizo una reproducción de la mesa donde se sienta Il professore. Querían llevarse la mesa real, pero son piezas originales, irrepetibles, realizadas por artesanos que ya no existen. Y no pueden moverse de su lugar original. Tampoco entendía muy bien la encargada del café el interés de llevarse una mesa a otro país. Ni ella, ni yo. En un país donde tienen a Tiziano, y a Veronesse, y a Bernini, y a Palladio, es extraño que lo que quieran es llevarse la mesa de un café. Ajá. Qué guay. Qué chuli. CCCB. Yo he estado allí y allí todo mola y es guay y hay que mirarlo con gafas de pasta para que te guste más. CCCB. Es escribirlo y me crecen gafas de pasta de las orejas. También vi allí una expo sobre Ballard. Pero la mejor fue una que hicieron sobre las películas de quinquis en la España de los 70. Ahí no pude ir. Y me quedé con ganas. Por reirme y eso. No lo sé, pero seguro que ya han hecho alguna sobre poesía y música rock. Supongo. Pero me desvío. Siempre me desvío. Ahí está mi naturaleza. Nacido para la dispersión.


Eso.



Lo mejor es comenzar por el principio. Y el principio es que yo estaba en el Lago Como. En el norte de Italia. Lo que pasó en Trieste es que fui a Trieste. Y así soy yo. Así me lo monto. Me voy al lago Como. Donde veranea George Clooney. A dormir en una habitación sobre el lago. Con un balcón a dos metros del agua del lago. Del lago Como dijo Sthendal que era el lugar más bello del mundo. Si lo dijo Sthendal será verdad. Y allí fui yo. Al lago Como. Pero no vi a George Clooney. Ni a la bellina que se afana. O se afanaba. O qué se yo. Nada. Vi el lago. Me senté en el balcón. Leí en el balcón. Miré el lago. Ni rastro de Clooney. Leí a Umberto Saba, poeta triestino, pero no decía nada de George Clooney. Ni de la bellina de Clooney. Después bajé por unas escaleras para ver cómo estaba el agua. Y me caí al lago. De culo. No me bañé en el lago. Me caí al lago. En uno de los pueblos del lago. De eso no decía nada Sthendal. Supongo que Sthendal no se cayó al lago de culo. Los grandes hombres nunca se caen de culo. En ninguna guía he leído: "El lago donde fulano se cayó de culo". Sí que he leído que Sthendal dijo en La cartuja de Parma que era el lugar más bello del mundo. Caerse de culo no está mal de vez en cuando. Te da una buena perspectiva de las cosas. La perspectiva del culo. Hace bastante honor a la realidad, todo sea dicho. La perspectiva del culo. Pero eso me define a la perfección: Alguien que se cae de culo en el lugar más bello del mundo.


Yo me he caído de culo en el lugar más bello del mundo.


Tú, no.


Ya lo he dicho.


Y después llegué a Trieste en tren. Y pensé lo del diario. Pero me adelanto porque disperso, y me disperso porque no sé dónde voy.




En Trieste me alojé en lo que parece ser el hotel donde se alojó Joyce. Hago esto consciente de lo absurdo de esta decisión. De lo ridículo de hacer algo así. Y me pregunto el porqué. Y concluyo que es más fácil dormir en la cama de Joyce que leer el Ulises de Joyce. O que volver a leer el Ulises de Joyce. Y que es tan irracional dormir en el hotel donde durmió Joyce como reproducir la mesa de un café para una exposición. Así que quién soy yo para decir nada. Bueno, pues eso. Llego a tren en Trieste leyendo La conciencia de Zeno de Svevo. Ahí es nada. Y eso lo hago con la conciencia de que molo mucho. Molo más que la mayoría. Entro en Trieste en tren, leyendo a Svevo. Y tú no. Yo, molo. Tú a lo mejor te estabas friendo en Madrid. Bebiendo cerveza en las fiestas de La Paloma, oliendo a gallinejas y a entresijos, sudando por todos los malditos poros de tu piel. Tú a lo mejor buscabas un rincón en Madrid donde hubiese sombra y tenías que meterte en la Fnac, que es el lugar con mejor temperatura de Madrid. El único lugar donde uno puede ser feliz en Madrid en el mes de agosto.



Pero yo estaba en el lago Como. Entraba en tren en Trieste.


El caso es que yo, tan absurdamente aferrado a ciertos rituales, quería entrar en el San Marco como es debido, con cierta elegancia. Nada de pantalones cortos, ni zapatillas deportivas, ni de gorras de los Yanquees compradas en Nueva York. Así que me puse mi pantalón preferido, mi más delicada camisa de verano, y mi aire petulante de entrar en el café San Marco.


Pero la vida no es así. La vida no se atiene a nuestros propósitos. Y al salir a la calle, en medio de la ola de calor que enciende a Italia en estos días, empapo la camisa hasta tal punto, que una anciana en mitad de la calle Carducci, se para frente a mí, y me increpa diciendo: "¿Vienes de Barcola de darte un baño?". Barcola es el lugar donde van a bañarse los Triestinos. Estoy avergonzado. Voy empapado, con la camisa pegada al cuerpo. Yo quería entrar elegante en el San Marco. Pero no solo no puedo entrar elegante, sino que voy a entrar empapado en sudor. No puedo hacer eso. No. No puedo ir por la ciudad de Umberto Saba, de Svevo, envuelto en sudor, con las axilas chorreando como fuentes barrocas. Sólo me falta el olor a gallinejas. No sé dónde está la Fnac para refrescarme. Y aquí parece que sólo sudo yo. Los triestinos no sudan. O van vestidos adecuadamente para el verano. No sé. Las dos cosas. Joder. Pero ya no se trata de entrar en el San Marco. Ya no se trata de eso. Estoy calado hasta los huesos. Troppo caldo. Demasiado calor, me dicen algunos triestinos con sonrisa de medio lado. Hijosdeputa. No os merecéis a Svevo, a Saba. A nadie. No os merecéis a nadie. Tengo que comprar una camiseta urgentemente. Pero no encuentro ninguna tienda cerca. Encuentro una tienda barata. Una tienda de camisetas baratas. De bragas baratas. De bisutería. Una tienda donde venden de todo. Y todo barato. Y nada es bonito. Y busco en montones de ropa y sólo encuentro una camiseta de mi talla. Pero es una camiseta de baloncesto. Una camiseta de la NBA, de los Lakers. Pero de los Lakers de hace años. Concretamente la camiseta de Magic Johnson. Un ídolo deportivo de mi adolescencia junto a Jordan. Magic y Jordan. Los dos ídolos deportivos de mi adolescencia. Pero ahora estoy en Trieste, camino del café San Marco, empapado. Y sólo Magic me puede salvar. La camiseta de Magic Johnson. Pero no puedo ir por las calles de Trieste con una camiseta de Magic Johnson. O puedo hacerlo. Pero no puedo ir con una camisa tan empapada. O puedo hacerlo, pero seré el entretenimiento de todo los ojos triestinos que se cruzan con los míos. Así que el empleado de la tienda, amablemente, antes incluso de decidir si comprar la camiseta, me ofrece una bolsa para que meta mi camisa chorreante, y me lleve puesta la camiseta de Magic Johnson. Y así lo hago. Salgo de la tienda, con mi camisa empapada en una bolsa, con la camiseta de Magic Johnson puesta. Mi camiseta de la NBA.


Ya sin sudar, ya recién cambiado, con las axilas al aire, me dirijo al café San Marco. Y lo hago con mi camiseta de la NBA. Y me siento. Y hablo con la encargada. Y entonces es cuando me cuenta lo de la exposición del CCCB y me cuenta donde se sienta
Il professore. Y me cuenta la vida de su histórico café. Y no quita la vista de mi camiseta de Magic Johnson. Y yo le digo: "Sí, es la camiseta de Magic Johnson". Y ella asiente sin comprender. Y yo le digo: "Tenía un tiro exterior insuperable Magic Johnson". Y ella vuelva a asentir, sin comprender. Y hablo de Svevo, de Saba, de Magris. Y después me siento en la mesa de al lado de Il Professore. Yo esperaba verlo, en su mesa, a Magris. Y a lo mejor pedir que me firmase Microcosmos. Pero seguramente al final no se lo pediría. Nunca soy capaz de hacer eso. Pero mucho menos en ese momento. Ya sí que no. No. Cómo podría acercarme a Il professore con mi camiseta de Magic Johnson y mis pantalones largos. Qué aspecto. Un loco. Eso es lo que parezco. Con mi camiseta de Magic Johnson, con mis pantalones largos. Que no aparezca. Por Dios. Eso es lo que pensaba. Que no aparezca Il professore. Que no me vea así. Qué horror. No puede ser. Así que me tomo mi espresso. Rápido. Apenas echando una rápida vista al mítico café. Y pago de modo apresurado. Y salgo corriendo. Y en la salida tropiezo con un hombre. Y pido perdón. Y lo veo. Y no lo creo. Y es él. Il professore. Magris. Joder. No me lo creo. Y yo me recompongo. Y le digo: "Scusi". Y me mira mi camiseta. Y la encargada nos mira a los dos. Y yo, nervioso, le llamo Claudio Magic, y me azoro, y le llamo Claudio Johnson, y no sé cómo seguir, y sigo diciendo Claudio Magic Johnson, y me quedo sin palabras, y él señala mi camiseta de la NBA y dice: "Magic Johnson". Y Magris sonríe. Y se quita una gorra que le cubre la cabeza. Y abre la mano. Y yo no entiendo su gesto. Y Magris quiere que choque la mano. Y choco la mano. Como dos jugadores de la NBA. Como Magic Johnson. Como Magris Johnson. Y salgo del café San Marco, casi corriendo. Y no me lo creo. Y no sé qué ha sucedido. Y no he dicho nada de Microcosmos, ni de El Danubio, ni de la cultura Mitteleuropea. Sólo he chocado la mano, con Magris, con mi camiseta de Magic Johnson, en el café San Marco, en Trieste, patria de Saba, de Svevo, con mi camiseta de Magic Johnson, ídolo de mi adolescencia, jugador célebre por su acierto en el tiro exterior y por tener SIDA. Jugador mágico en una época dorada de la NBA. Los años de Jordan, los últimos años de Larry Bird. Y pienso: Magic Johnson y Svevo.



Y salgo a la calle Battisti.


Y ahora sigo pensando en la calle, que es más fácil para mí.


Y pienso en lo que me ha sucedido. Y pienso que esto es lo que sucede cuando uno quiere rimar con los lugares, conjugarse con las ciudades que ama sin conocer, que la realidad viene con su afán por lo tragicómico, con su vendaval absurdo. Y eso es lo que pasa. Viene la realidad y te tira al lugar más bello del mundo. Viene la realidad y te obliga a entrar con la camiseta de Magic Johnson en el San Marco. Viene la realidad y te hace confundir a Magic Johnson con Claudio Magris. Y la vida es así. Y Trieste también. Y hay que sonreir con absoluta seriedad y continuar el camino.



Y después entré en la librería donde trabajó Saba. Pero no estaba Saba. Sólo estaba yo con mi camiseta de Magic Johnson perdido entre libros.



Y para terminar visito el castillo del Duino, donde Rilke comenzó a escribir sus "Elegìas de Duino". Donde Rilke escribió: "Todo ángel es terrible". Pues que se lo digan a Magic Johnson. Magic, todo ángel es terrible. No creo que Magic Johnson sea un lector de Rilke, o puede que sí, porque Magic es Magic, pero si lo hubiese leído, a lo mejor el verso le parecería tan bueno como un tiro desde la línea de tres puntos. O mejor.


Y en el San Marco volví a escribir en el diario.


Y eso es lo que quería decir.


lunes, 7 de febrero de 2011

EL SUEÑO DE LOS ESCRITORES MUERTOS VIVIENTES 2 (BATMAN BEATNIK Y ROBIN COOL)


El hombre de las gafas lleva un gabán de cuero agitado por el viento. Alguien dice: “Parece un Batman bohemio. Un Batman Beatnik. Un superhéroe de sí mismo. Una superestrella rock”. Le acompaña un joven francés de pelo revuelto y mirada encendida. Alguien dice: “Parece el acompañante de Batman. Un Robin del Village. Un Robin de Williamsburg. Un Robin ebrio. Un Robin de las tabernas, un Robin parisino que huele a absenta y a opio y a vino dulce”. Nadie sabe quiénes son, tan solo intuyen que son dos zombis más, otros dos zombis que han aparecido en la ciudad, como ha ocurrido con otras personas, han salido de sus tumbas y ahora caminan por la calle. Cruzan la plaza de San Ildefonso y son dos zombis silenciosos, dos zombis de mirada altiva, dos zombis de gesto heroico y maldito. Dos hombres luminosos que salen de la oscuridad. Dos poetas ciegos y hermosos, que han regresado de la muerte para no sabemos qué.


Cada uno lleva un arma en la mano derecha. Una escopeta de cañones recortados. Avanzan por la calle ante la mirada atónita de los jóvenes que han salido por Malasaña. Observan y no saben lo que observan. Miran y no saben a quién miran.


Los hombres parecen dos tigres en llamas, dos muertos que brillan, dos ángeles armados.


¿Quiénes son esos dos tipos? ¿Quiénes son esos dos hombres que han regresado de la muerte, con sus largos gabanes, con sus miradas puestas en el horizonte, con una seriedad tan cómica, que caminan uno al lado del otro como dos fugitivos, dos superhéroes, dos estrellas del pop?




Alguien lo dice. Algún listillo. Un estudiante de literatura que pasaba por allí. Que salía de un bar. Que no tenía nada mejor que hacer. Dice: “Son Roberto Bolaño y Arthur Rimbaud”. Y tiene razón, tiene toda la razón del mundo, ha dado en el clavo, son ellos, ni más ni menos que ellos, ahí juntos, uno al lado del otro, como dos pistoleros, como dos héroes silenciosos, como Batman y Robin, son el zombi Bolaño y el zombi Rimbaud caminando por la calle Espíritu Santo. Desafían a los transeúntes con su mirada. Bolaño tiene un brillo intenso en las pupilas. Parece que hay un pájaro aleteando en su ojo izquierdo. Un pájaro que provoca frío, y miedo y algo más, calor, o excitación, o asco. Rimbaud va silbando una canción y mirando todo como si estuviese inventando el mundo con su mirada. Caminan entre la gente que les abre paso, que corea sus nombres ahora que sabe quiénes son. Parecen dos estrellas de la música. Parecen los putos amos. Parecen dos pistoleros. Se dirigen a algún lugar. Pero no sabemos cual es. Yo no lo sé.


Roberto habla con Arthur de estrategia militar, de literatura nazi, de Ciudad Juárez, de los Estados Unidos de América, de Mario Santiago, de grupos poéticos, de Nicanor Parra y de esto y de aquello y de estrellas distantes y de nada. Y Arthur habla de astros y de visiones y de fiebres y de África y de amor y de Verlaine y de la belleza que dura un instante, y de la muerte y de las palabras y de los disparos, y de como las unas y los otros se confunden en ocasiones. Arthur enamora a todos a su paso. Arthur está muerto, pero enamora a todos a su paso. Arthur está muerto, y está hablando con Roberto, pero se ha parado y se ha comprado un IPOD. Le gusta la música. Se lo ha llenado de canciones el IPOD. De canciones que molan. De canciones que recomienda el Rock de Luxe, el Ruta 66, y las revistas que molan. Arthur escucha a Artic Monkeys, escucha a Adam Green, escucha a Nick Drake. Pero su preferido es Daniel Johnston. Escucha sin parar a Daniel Johnston. Le encanta Daniel Johnston. Los dos tienen en común al diablo. Los dos tienen en común la locura y el genio. Y Arthur se detienen en alguna tienda. Arthur quiere modernizar sus harapos. Se para en varias tiendas de Fuencarral. Baja por Triball. Se compra un traje mod y unos All Star. Roberto espera paciente en la calle mientras fuma, mientras lee los libros que salen de sus bolsillos. Roberto lleva un gabán de cuero que parece robado a un militar de las SS. Su abrigo está lleno de libros de poemas. Roberto lee poetas latinoamericanos mientras Arthur compra ropa en Fuencarral. Roberto lee poemas franceses mientras vigila las puertas de las tiendas con su recortada para que nadie moleste a Arthur.



Arthur va todo guapo. Arthur lleva su escopeta. Roberto lleva su gabán de cuero forrado de poemas. Roberto lleva su escopeta. Caminan. Cruzan Malasaña. Bajan por San Bernando. Llegan hasta Gran Vía. Roberto se ríe. Arthur se ríe. Sus risas son profundas. A algunos les duelen. A otros les provoca frío. Algunas cámaras de televisión lo están grabando todo. Nadie sabe a quién quieren cargarse. No hablan. Sólo caminan. Iluminados por la calle, por los focos, por los ojos de la gente. Caminan como Jesús sobre las aguas. Avanzan. Van a matar a alguien. Nadie sabe a quién. La multitud les sigue. Les acompaña. Les cubren las espaldas, para que nada les suceda. Les han cogido cariño. Les arropan en silencio. Y eso que la gente ni siquiera sabe dónde se dirigen. A lo mejor no van a matar a nadie. A lo mejor todo es una suposición. Se cruzan con un escritor que les saluda. Un escritor que dice que ha salido en el Babelia. Ellos no hacen caso. Se ríen. Los dos se ríen. El escritor no comprende. El escritor les enseña el artículo del Babelia. Tiene su nombre subrayado en rojo. Eso es lo que les gusta a los escritores. Salir en los suplementos y ver su cara en los periódicos. Para eso escriben libros. El escritor no entiende. Y Arthur y Roberto se ríen porque están muertos y cuando estás muerto los suplementos literarios te importan una polla. Y dos. Y continúan su camino. Y eso es lo que pasa.


Después se detienen. Roberto y Arthur se detienen. Entran en el McDonald's de Gran Vía. Apartan a empujones a la gente que hace cola. Saltan el mostrador. Los empleados se apartan al ver los cañones de las armas. Arthur se acerca a uno de los micros. Agarra con fuerza el micrófono del McDonald's y recita sus poemas. La gente que está haciendo cola alucina. Lo flipa todo. Venían a por una hamburguesa y se encuentran esto. Sí. Roberto sonríe con una sonrisa a la que le falta más de un diente. Sonríe con una escopeta en una mano y con un ojo arrasado de lágrimas al escuchar a Arthur. Los poemas de Arthur. Poemas que Arthur se ha traído de la muerte. Todo alucinan. Todos flipan con Arthur. El poeta zombi, el poeta cabrón que recita sus poemas en el McDonald's. Sus poemas Big Mac. Sus poemas Cuatro de Libra con queso. Sus poemas basura. Sus poemas zombis. Todos aplauden a Arthur. Los chinos, los negros y las lesbianas. Todos. Aplauden. Al poeta en el McDonald´s.




Pero esta sólo era una pequeña parada en el camino de esta especie de Batman Beatnik y de Robin Cool. Hacen más. Y en todos los lugares Arthur recita sus poemas. Y en algunos también lo hace Roberto. Se van alternando. Uno en el Burger King, otro en el McDonald's. Uno en el Starbucks, otro en el Pans and Company. Con sus recortadas, con sus auras insólitas, con sus pisadas de fuego.


Y después siguen su camino.
Y después cruzan la Gran Vía.
Y la gente se pregunta a quién buscan. A quién van a matar.

Roberto se cruza con un chaval que está pintando una pared con un spray. Roberto se acerca a él. El chico corre, tiene miedo, pero Roberto no quiere hacerle daño. Sólo coge el spray. Escribe una frase en la pared. Después otra. Y otra. Son tres frases. La gente las lee. Algunos lloran al leerlas. Otros ríen. Una mujer da a luz allí mismo. Son un milagro las tres frases de Roberto. Provoca que las mujeres abran sus piernas, que la vida florezca en mitad del atasco y la contaminación. Maravilloso. Asqueroso. Glorioso.


Hacen una parada. Beben, bailan. Un tío ofrece MDMA a Arthur, pero él no necesita esa mierda para volar. Arthur baila, Roberto baila. Bailan canciones de Bowie y de Astrud. Arthur y Roberto. Son dos estrellas. Dos verdaderas estrellas. Con su gabán de cuero, con su traje mod. Con sus escopetas de cañón recortado. Todos aplauden. Todos corean. A todos les gusta ver cómo bailan “Modern Love”. A todos les gusta ver cómo bailan "Take me Out".




Y continuan caminando, escopeta de cañones recortados en mano. Caminan por Recoletos. Entran en la Biblioteca Nacional. Entran y no leen nada. Sólo se sitúan en el centro de la biblioteca y aspiran el aroma de los libros, el olor profundo del tiempo tatuado en las páginas de los libros, el perfume de millones de palabras reunidas. Con eso les basta. Con oler libros con sus pulmones muertos. Y después continúan su camino. Siguen por Castellana hacia arriba. Llegan hasta el Santiago Bernabeu. Pero ninguno de los dos es del Real Madrid. Los muertos no tienen equipo de fútbol. Me parece. No sé. Pero llegan al Bernabeu, con sus escopetas de cañones recortados, con sus libros de poemas, con sus ojos de otro mundo.


Se mueven rápido para ser muertos vivientes. Se mueven rápido y en silencio. Y cuando todo el público está en sus asientos, antes de que los jugadores salten al campo, antes de que comience el espectáculo, aparece cada uno de ellos en una portería. Arthur por una, Roberto por otra. Y se miran a los ojos. Como en un duelo. Porque es un duelo. Parece que suena música de Sergio Leone. Parece que suena un silbido. Parece que suenan los huesos de mil muertos al mismo tiempo. Nadie entiende el gesto. El duelo entre dos zombis. Los aficionados alucinan. Los presidentes de los equipos se miran sin comprender. Unos abuchean. Algunos tienen miedo. Otros quieren saltar al campo y acabar con esos dos seres patéticos. Hay que ver los gestos de los jugadores asomados. La cara de Casillas, la cara de Cristiano Ronaldo. Hay que verlo. Roberto y Arthur avanzan hasta el centro del campo. Como en un duelo. Es un duelo. Cuando uno da un paso el otro da otro paso. Y según avanzan, se van disparando. Y fallan todos sus disparos al principio. Pero después están más cerca y aciertan en una rodilla, en un hombro, en un antebrazo. Y cuando llegan al centro del campo se disparan en el estómago, en la polla, en una oreja. Y los espectadores miran atónitos. Los ultras, los padres con los niños, las adolescentes que han venido a venir a sus ídolos. No entienden nada. Y no sólo en el estadio. Porque es un partido televisado. Lo está viendo media España. Media España está viendo un duelo de dos zombis disparándose. Dos zombis acribillándose. Roberto y Arthur se disparan y ríen, porque no mueren, porque ningún cartucho acaba con ellos, porque están muertos, y mientras se disparan recitan un poema, un poema que se escucha por la megafonía del Bernabeu, un poema sobre disparos y muerte y pasión y literatura y amor y asco y todo eso, mientras se disparan todo eso, y se disparan sin parar, y el humo sale de su cuerpo como si fuese una calle de Nueva York, y ríen como si fuesen dos ángeles del infierno, y recitan el poema a dos voces, y la gente se queda en silencio. La gente se queda muda. Boquiabierta. Escucha. Mira. Y ellos ríen, se disparan, recitan, lloran, aúllan, gimen, ellos son dos poetas en ebullición, en erupción, delante de una multitud, delante de las cámaras de televisión que retransmiten todo.



La policía aparece en el campo para detener el espectáculo. Los policías salen corriendo de todos los rincones. Es una auténtica marea de polis. Increíble. Una marea inmensa solo para atrapar a dos zombis literarios. Y ellos, humeantes, corren delante de la policía que les persigue. Montones de policías, furgones de policía, policías a caballo, policías a pie, policías con perros, pero ellos son más rápidos y corren, corren a toda velocidad, con sus escopetas humeantes, con sus cuerpos humeantes, con sus cabezas gloriosas, y corren tanto que logran escapar, y escapan, casi volando, sobre los capós de los coches de la Castellana. Y después la gente les pierde la pista. Y los policías se miran sin saber. Y la noche cae de modo repentino y cinematográfico.




Y la gente quiere comprender y no comprende. Y la gente quiere saber lo que sucede, y no sabe.

Y Bolaño y Rimbaud se pierden hacia el horizonte, sus figuras cada vez son más pequeñas, sus figuras son dos puntos en la lejanía, dos insectos venidos de otro mundo que van en busca de algo que brilla, y que no tiene nombre, y que quema los ojos. Y recuerdan a dos buscadores de oro, y sólo ellos saben el camino extraño que pisan, y es por eso que se pierden camino de un lugar que los demás desconocemos, pero aún así amamos con un amor icomprensible, de un modo tan inmenso que se nos sale por las orejas, por los ojos, por los poros, por la maldita boca.


Y quizá algún día vuelvan, del mismo modo incomprensible que llegaron, para dejar su llama y su ceniza y su poema bailando en el aire.


Puede que así sea, pero no sé. No sé.


martes, 16 de noviembre de 2010

EL SUEÑO DE LOS ESCRITORES MUERTOS VIVIENTES (LA PARTE DE PAPÁ HEMINGWAY)


Esta entrada del diario fue presentada en el "Encuentro interestelar de bloggers", en Gijón. Es el primer texto de un proyecto en marcha.


Tengo un sueño recurrente en las últimas semanas. Sueño que hay un virus que provoca que los escritores muertos se levanten de sus tumbas. Un ataque de escritores zombis. Escritores que han vuelto a la vida, por alguna razón por investigar. Y alguien lo hará. Alguien lo tendrá que investigar. Es un sueño que se repite. Cada día tengo el mismo sueño con zombis diferentes. Como si fuesen capítulos de una serie. El ataque de los escritores muertos vivientes. Tendré que hacérmelo mirar.


Hoy he soñado con uno de esos zombis. Hoy le tocaba el turno a Ernest Hemingway. No sé a qué se debe, pero en el sueño, el viejo Ernest, lo primero que ha hecho ha sido venirse a España. Ha cogido un avión y se ha plantado en Madrid. Con su aspecto de muerto viviente y todo. Ahí lo tienes. Ahí está. Hemingway con la ropa andrajosa, la piel cayéndose a jirones y una escopeta para cazar elefantes en la mano derecha. Ahí está, el mismísimo Hemingway caminando por la Gran Vía. Y como la gente en sueños hace lo que le viene en gana, Ernest dice que tiene hambre, acaba de levantarse de entre los muertos y tiene hambre. Así que entra en el Dunkin Donuts de Gran Vía. Entra en el Dunkin Donuts de Gran Vía y pide una caja de veinte Donuts de distintos colores. Después Papá Hemingway ensarta los veinte donuts en su escopeta de cazar elefantes y se los va comiendo uno a uno entre el tráfico Gran Vía. Y la gente le grita que se aparte. La gente le dice: “Apártate, viejo de mierda”. Pero él no lo hace, a él no le importa, porque él es Hemingway y ellos no. Después, sigue su camino.




Ernest tiene un pañuelo de San Fermín al cuello y la ropa manchada de la sangre derramada el último día de su vida. Ernest lleva la barba blanca y la ropa roja de sangre. Por eso los niños se acercan a él. Porque los niños le han confundido con Papá Noel. Han confundido a Papá Hemingway con Papá Noel. Porque lleva la ropa roja, la barba blanca y el azúcar de los donuts por la cara. Los niños le piden regalos. Hemingway no comprende. Los niños quieren regalos de Papá Hemingway. Hemingway se enfada. Dice que no es Papá Noel. Dice que es el padre del cuento norteamericano. Pero los niños quieren regalos. Le piden una "Play". Le piden una "Oui". Le piden el deuvedé de “Avatar”. Y Ernest Hemingway no comprende. Tiene la ropa roja, la barba blanca, el azúcar en la cara. Los niños le persiguen entre el tráfico de la Gran Vía. Él es un escritor macho y no quiere que le confundan con Papá Noel. Pero los niños corren detrás de él como una jauría de perros hambrientos y le piden regalos. Han sido buenos y quieren regalos. Papá Hemingway se harta, se sube al capó de un coche, y dice que si quieren regalos, tendrán regalos. Así que Hemingway se baja los pantalones. Sí. Se baja los pantalones hasta los tobillos. Para que sepan que se trata de un escritor macho y no de Papá Noel. Para que sepan que es Papá Hemingway con un miembro XL, con un miembro grande, con un miembro enorme como la mismísima América. Pues claro. Tomad regalo, dice, Ernest, tomad regalo, queridos amiguitos. Y así demuestra que no es Papá Noel. Se trata de Ernest, el gran Ernest, el amante de la muerte, el hombre de Polla XL, y Olé.

Y los niños se van felices y Ernest sigue sosteniendo su escopeta para cazar elefantes en la mano derecha. Pero no va a cazar elefantes. Ha dicho que tiene otra misión. Ha dicho: “Me la sudan los elefantes”. Ha dicho: “Voy a cargarme a todos esos hijos de puta que dicen que yo estuve allí”. Todos esos bares, restaurantes, hoteles, donde dicen que estuve allí y en los que no estuve. Voy a cargarme a todos los que tengan en su establecimiento un cartel con el lema: “Hemingway estuvo aquí”. Pero no voy a quitar el cartel. Eso no. Nada de eso. Ya no hace falta. No voy a quitar el cartel de “Hemingway estuvo aquí.” El cartel lo dejaré. Porque a partir de ahora va a ser cierto que Hemingway estuvo allí. Estuvo allí y se los cargó a todos. Se deshizo de los horteras, de los hijos de puta, de los que me llaman padre del cuento norteamericano.




Hemingway en mi sueño es un zombi con una misión. Y va por ahí disparando, como un viejo iluminado, como un loco, como el poeta que nunca fue, como un Papá Noel de miembro XL.

Los críticos literarios se han enterado de que Hemingway anda paseando su figura de muerto viviente por la ciudad. Y pierden el culo, los críticos. Y dejan los canapés de la presentación del último libro de Almudena Grandes. Y corren detrás del zombi Hemingway, tienen tanto que preguntar, tantas cosas que quisieran saber, que salen corriendo. Y dejan a Almudena colgada. Y Almudena Grandes no sabe qué hacer. Ni qué decir. Y no dice nada. Así que coge su última novela, coge el tocho que está presentando. Y aunque cuesta esfuerzo sostenerlo, y aunque no es fácil coger el ladrillo, ella lo hace. Porque ella es Almudena y puede con todo. Coge el tocho grande y lo lanza, con auténtico estilo de atleta. Se lo lanza a los críticos a la cabeza. Y a alguno le acierta en la cabeza con el tocho, qué puntería la de Almudena. Y un ladrillazo así duele de verdad. Por eso algunos críticos caen desplomados al suelo. Los más rápidos salen corriendo y esquivan el libro de Almudena. Y salen a toda velocidad. Porque quieren ver al escritor zombi. Quieren ver su barba blanca, su ropa roja, su Polla XL y Olé. Quieren saber las razones de su vida, de su obra y de muerte. Quieren saber. Y corren, corren en manada, y se empujan para llegar primeros, y caen al suelo, y se levantan de nuevo, y siguen su camino. Siguen corriendo hasta llegar a Ernest.





Y los críticos dan alcance a Hemingway y aunque es él quien tiene el arma, son ellos los que le acribillan a preguntas. Por qué terminar así, de ese modo, le preguntan a Ernest. Y Hemingway les responde. Es muy sencillo. Es tan sencillo que da la risa. Que da asco. Que dan ganas de llorar. Es tan sencilla la respuesta a las preguntas de los críticos. Papá Hemingway dice que vivió como murió: cortando el final. “Cortaba el final de mis cuentos para que quedasen mejor. Eso hacía. Para que molasen más. Como Chejov. Como los rusos. Y qué bien le quedaba a Chejov los cuentos sin final. Molaba todo. Porque hay que ver qué bien escribían los rusos. Y es que con frío se debe escribir mejor. El frío es artístico. Con frío se escribe y con calor se folla. Todo el mundo lo sabe. Literatura rusa. Eso es calidad. Literatura caribeña. Bueno… Pues mejor ponme un mojito.” Eso dice Papá Hemingway, qué racista, qué simpático el cabrón. Pero después retoma el tema. Ese era mi mérito, todo mi mérito, dice Hemingway, quitarle el final a los cuentos. “Hice lo mismo con mi vida. Le corté el final. Así era más interesante. Antes de que llegase el miembro flácido XL, y no pudiese matar elefantes y los niños me confundiesen con Papá Noel”. Tanta tesis para esto. Cortar el final de los malditos cuentos. Cortar el final de la maldita vida. Eso. Ya ves.



Y Hemingway sigue su camino. Hemingway quiere tomar algo fuerte. Entra en Chicote, lugar mítico donde los haya, templo de cócteles, de felaciones y de no sé qué más. Pero Chicote ya no es lo que era cuando vivía Ernest. Hay gente que el viejo no comprende. Está Cayetana Guillén Cuervo. Está Juan Cruz, que siempre está allí donde le necesitan, siempre le necesitan, y él acude, porque un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y también está Alaska. Y Alaska mira a Hemingway. Y le dice: “Mi novio es un zombi. Es un muerto viviente”. Hemingway no comprende. No sabe que se trata de una canción de Alaska. Y repite: “Mi novio es un zombi. Es un muerto viviente”. Y señala a su lado a un hombre. A su novio. A su zombi particular. Es Mario Vaquerizo. ¿Y qué hace Mario Vaquerizo al ver a Ernest Hemingway, con su barba blanca, con su ropa roja, con su miembro XL? ¿Qué hace? Pues poner morritos. Mario Vaquerizo le pone morritos a Hemingway. Y Hemingway no comprende nada. Y aunque realmente aquí sí que estuvo Ernest, saca su escopeta de cazar elefantes. Y entonces Mario Vaquerizo sí que pone morritos de verdad. Qué mundo tan extraño, piensa Hemingway. Y comienza a disparar, como si no hubiera mañana, que no lo hay, y dice: “Ahora Hemingway sí que estuvo aquí”. Ja.



Y después Ernest sale a la calle y respira la refrescante polución de las diez de la noche en la Gran Vía, y se sube en marcha a uno de esos autobuses turísticos de dos plantas, de color rojo, del mismo color que la sangre de Ernest, que la sangre de los críticos, que la sangre de Almudena Grandes, que la sangre de Mario Vaquerizo, que la sangre de Juan Cruz, que la sangre de todos, y cuando Ernest se sube a la segunda planta del autobús turístico, los japoneses le hacen fotos sin parar. Y Ernest posa y saca músculo, y pone morritos como le ha enseñado Mario Vaquerizo. Y se asoma a la barandilla del autobús. Y abre los brazos como un Cristo resucitado. Y grita que es el rey del mundo como si se tratase de Di Caprio en Titanic. Y dispara a la luna con su escopeta de matar elefantes. Y no acierta en el blanco. Y sigue disparando. Y después ¿qué? Y después nada. Después me despierto de mi sueño. Y ya está.

Se termina, se acaba el sueño. Porque a los sueños, como a los cuentos, lo mejor es cortarles el final. O algo así decían los rusos. Eso creo recordar. O algo parecido. No sé. Qué importa. Ernest sigue su camino subido a un autobús turístico, con su escopeta de cazar elefantes hacia algún lugar que desconozco, que en mi sueño quizá llego a intuir, pero que cuando despierto no hay duda de que he olvidado. Y quién sabe, quizá sea mejor así. Y nada más. Ya está.

viernes, 24 de septiembre de 2010

MI VIDA CON GAFAS


Yo también debo ser todo lo que he comprado y he tenido conmigo. La vida de mis objetos. Pienso en eso. La vida de mi ropa. De mis complementos. La lección de Perec. Escribir sobre lo que no tiene interés, sobre lo insignificante. Pienso en los objetos que han pasado por mi vida. Pienso en las gafas.




Estoy pensando en todas las gafas que he tenido a lo largo de mi vida. En sexto curso me pusieron gafas por primera vez. Unas gafas de pasta, grandes, que me ocultaban la cara. Gafas que acabaron por decorarse caóticamente de trozos de celo y cola de pegamento. Gafas que eran como un imán para los balones de fútbol, y que siempre se me caían o salían volando para romperse en mil pedazos. Eso, que puede parecer insustancial e insignificante, es un giro brutal en la vida de cualquiera. En la mía lo fue. Las gafas crean ya una distancia entre el rostro de uno y el mundo. Las gafas eliminan la visión borrosa y te otorgan una visión de la realidad definida, nítida, delicadamente perfilada. Pero no tenía claro que la vida vista con gafas fuese la más real. La vida anterior, la vida antes de las gafas, la vida borrosa, se ajustaba más a mi idea de la vida. Sin duda. Se ajusta. Una mirada desvaída, difuminada. Después vinieron muchas más gafas. Gafas de metal, redondas, doradas, de pasta. Pero esa es otra historia. Todo es otra historia. Sólo quiero hablar de mis gafas. Nada más. Qué poco.

Con cada una de las gafas que me puse, vi la vida de modo diferente.




Quiero escribir un libro que se lleve por título Mi vida con gafas. Quiero escribir cientos de libros que no escribiré. Vivo permanentemente en proyecto. Ese es mi estado natural. La acumulación de bocetos dibuja mi verdadero rostro. Ya he aprendido eso. Tampoco es poco. Es como el alcohol. Cada borrachera es una promesa de felicidad. Cada proyecto es una promesa de una obra que no llega. Pero no es frustrante. No. Es un estado diferente. Es una manera de vivir con la mirada puesta en un horizonte que siempre será horizonte. Pero yo decía que sólo hablaría de mis gafas. Y eso voy a hacer.

Me alegro de tener problemas de visión. Los miopes pueden ver el mundo en opción nítido o en opción borroso. Y eso es algo que le está vedado a los que no tienen problemas de visión. O mejor diríamos: los que no tienen problemas de visión son los que realmente tienen problemas de visión. Del mismo modo que podemos decir que los que nunca han tenido problemas sentimentales son los que más problemas sentimentales tienen. Aunque he llevado lentillas la mayoría del tiempo desde hace años, sé que las gafas, como la procesión, van por dentro. Yo, antes de nada, soy un hombre con gafas. Igual que hay otros que principalmente son hombres con paraguas, hombres con sombrero u hombres con botas de piel de serpiente.




Miré Nueva York con gafas, miré Nueva York con lentillas y miré Nueva York con los ojos desnudos, y cada una era una ciudad diferente. Miré Nueva York desde la ventana, al despertar, con ojos desnudos y miopes, y la ciudad me mostró sus colores sin forma, sus edificios sin contornos, su diluido corazón. Y era otra ciudad.

Mi vida con gafas es la historia de mis ojos. La historia de lo que he visto. De lo que me quedó por ver. De lo que veré. De lo que nunca veré.

Las gafas de Jarvis Cooker.
Las gafas de Joyce.
Las gafas de los hombres sin gafas.

Lo bueno de los gafas es lo mismo que lo bueno de fumar, uno siempre tiene algo que hacer: subir las gafas, quitarse las gafas, acariciar sus patillas, etc… Las gafas, como el cigarrillo, son un apoyo. Algo para sostenerse, para no caer. Algo a lo que aferrarse en el circo del vacío. Como un equilibrista. O algo así.




Pienso en todas las gafas que han pasado por mi vida. Debería haberlas guardado. Tener un cajón para las gafas antiguas, así ahora podría ponerme cada una de esas gafas y saber cómo he mirado en cada una de las épocas de mi vida. Cómo miraba a los quince, a los veinte, a los veinticinco, a los treinta. Cómo miré y en qué ha cambiado mi mirada. Si ahora tuviera un cajón con todas mis gafas sabría de qué modo miré a la primera chica que besé. Sabría con qué ojos leí El libro del amor de Nizar Kabani. Sabría con qué ojos lloré en Berlín y con qué ojos sonreí en Italia. Si tuviera ese cajón con todas las gafas de mi vida todo sería diferente. Me conocería a la perfección. Sabría todos los ojos que hay en mis ojos. Todas las miradas que fui y que soy. Si tuviera un cajón para las gafas. Pero no lo tengo. Tengo, eso sí, un teclado de ordenador en el que escribir para intentar mirar con todas las miradas que escondo.


Hay gafas que me caen bien y gafas que me caen mal. Las gafas de Woody Allen me caen bien. He oído o leído, no recuerdo, que es habitual que a la escultura de Woody Allen que hay en Oviedo, le rompan o le roben las gafas. ¿Para qué quieren los vándalos las gafas de Woody Allen? ¿Querrán que mirándolo así, con las gafas del cineasta, verán un mundo mejor?


De las gafas que me caen mal prefiero no hablar.





Si tuviera un cajón con todas las gafas de mi vida, sabría mirarme en el espejo con todas las miradas que soy.

Yo soy yo y mis circunstancias. Pero sobre todo yo soy yo y mis gafas. Las gafas con las que miro el mundo. Las gafas con las que leo Los domingos de Jean Dezert.

Me gustaría ponerme las gafas de Joyce. Pasear por Dublín con las gafas de Joyce. Entrar en el Trinity College con las gafas de Joyce. Tomarme una pinta de cerveza con las gafas de Joyce. Pasear por Dublín con las gafas de Joyce tiene que estar bien. ¿Qué habrá sido de las gafas de Joyce? Ya me pregunté hace tiempo qué habrá sido del sombrero de Pessoa y ahora me preguntó por las gafas de Joyce. ¿Qué se hace con las gafas de los muertos? ¿Cómo se ve el mundo con las gafas de los genios?




Si tuviera en casa un cajón con las gafas de los grandes genios de la literatura quizá el mundo sería otro para mí. Pero en cierto modo lo tengo. Los libros. Los libros eran sus gafas. O mejor sería decir que su prosa eran sus gafas. Los ojos con los que miraban el mundo. No sé.

Tengo un proyecto. Porque yo sólo tengo proyectos. Y estoy resignado a que nunca tendré una obra cerrada. Sólo apuntes. Papeles dispersos. Una obra difuminada como la vida sin gafas. Creo que así soy. Me gusta la idea. La falta de conclusión quizá sea mi rasgo más destacable. Pues eso, que tengo un proyecto. El proyecto consiste en un recuento, en una recopilación de todo lo que ha pasado por mi vida. Sombreros comprados en Manhattan, gafas que han conocido mis ojos, marca páginas que guardo en una vieja caja, camisetas traídas de Londres, botas que me llevan al primer beso, americanas compradas en mercados de segunda mano, sillas que han aguantado mi culo durante noches de lectura, mesas en las que he comido y camas en las que no he dormido. En fin, toda la chatarra que algún día será mi vida. Todo eso, que un día será basura, es mi verdadera vida. Porque han sido mi vida. Mi vida verdadera. Todo aquello que tiene mi humilde huella, o mi vanidosa huella, o que ha sido tocado y atravesado por mis dedos. Todo aquello que ya soy yo, porque ha participado de manera activa en mi vida. Porque yo soy mi mejor material, porque todo lo que ha pasado por mi vida en mi material, porque no tengo capacidad de abstracción y porque no sé mirar más allá de mis narices, y de nariz ando sobrado. O aquellas botas con las que caminaba hace ya quince años, en un día como el de hoy, tan diferente. ¿En qué se habrán convertido ahora esas botas? ¿Qué fue de ellas? ¿Cómo podemos dejar que los la ropa, los objetos, las cosas en general, pasen así, tan desapercibidas en nuestra vida?


Botas para huir de casa y para volver a casa. ¿Qué habrá sido de esas botas? Habrán acabado en la basura. Habrán servido para construir otra cosa. Otro objeto. Objetos que llenan nuestra vida. Botas que nos llevan del final de la infancia a la adolescencia, y de la adolescencia a un camino sin señalizar.




Los objetos de mi vida como un modo de autobiografía. Mi autobiografía a través de todos los objetos de mi vida. Me gusta eso. Pero lo más seguro es que no lo haga, me pierda en el tráfago de los días y lo olvide, como todo lo demás, y me pierda y me vuelva a encontrar y me vuelva a perder y me encuentre de nuevo y todo comience de nuevo o termine de algún modo brusco cuando ni siquiera sepa ya de que estoy hablando.

Para terminar, he decir que yo creo que Dios no usa gafas. Y que así nos va. Porque yo más que no creer en Dios, en quien no creo es en sus gafas. En las gafas que no lleva.

Todo esto es tan sumamente insignificante que algún valor tendrá. Digo yo. Cada vez tengo más fe en lo insignificante. Por algo será.

sábado, 18 de septiembre de 2010

TODOS LOS ESCRITORES

Tanto silencio en un diario no es para sentirse orgulloso. Y menos cuando en agosto se cumplió un año de la primera entrada de este diario abandonado. Ay. Debería haberlo celebrado. Debería haber escrito. Al menos eso. Ay. Eso habría sido lo más apropiado. Y aunque suelo perderme, y perderme suele ser la razón, ahora no ha sido esa la razón. Ahí ha estado la avalancha de trabajo. Ahí donde también ha estado el olor ácido de los hospitales, y la jerga incomprensible de los hospitales, y lo extranjero que es el mundo desde esas ventanas de nadie. Desde esas ventanas que dan a ningún lugar. Y el descubrimiento de cómo puede doler el dolor de los otros. Y lo incomprensible de esos laberintos. Y el dudoso consuelo de que estos asuntos le quitan a uno dioptrías de los ojos, y puede ver más claro. Ver a los que están y a los que no están ahí, al lado, cuando suceden asuntos de este calibre. Y tener la casi certeza de que los que están ahí se quedarán al lado de uno ya para siempre. Y que los otros son eso, los otros ya para siempre. Los otros. Y ya está.




Pero realmente este no es el asunto. La intimidad no es el asunto. La intimidad nunca es el asunto. El asunto es que la falta de tiempo me ha llevado a escribir casi nada en el diario. Y eso me ha llevado a olvidar el escritor que soy. El escritor que fui. El escritor que seré. El escritor que nunca he sido. El escritor que imagino y que no existe. Y por eso me pregunto qué escritor soy, si es que soy algún escritor.

Ya que he olvidado el escritor que quizá nunca fui, he pensado qué escritor puedo ser. Qué sé yo.

1) Un escritor que sólo escribe los días de lluvia. Un escritor atento a lo que cuentan los partes meteorológicos, que vive al tanto de en qué momento las nubes van a descargar sobre la tierra. Un escritor pluvial, que sólo escribe sus páginas al compás de las gotas de lluvia en las ventanas, que sólo crea al ritmo de la lluvia golpeando los paraguas y de los impermeables de colores corriendo por la calle. Un escritor de páginas acuosas, con párrafos que tienen la misma cadencia que una existencia de ritmo lluvioso. Un escritor cuyos libros te empapan las manos al leerlos. Un escritor que llueve. Que llueve constantemente. Que llueve para siempre. Para nunca. ¿Para qué?




2) Un escritor que alquila una gran casa vacía. De largos pasillos, de múltiples habitaciones. Pongamos que alquila una masía en el Ampurdán. Y comienza a escribir sobre las paredes blancas de esa gran casa. Y escribe en absoluta soledad, durante meses de concentración literaria, su novela. Recorriendo pasillos, esquinas, techos. Escribiendo febril sobre las paredes del salón, sobre los muebles de la cocina. Escribiendo una novela que recorre el interior de una casa. Una novela que sólo se podrá leer si visitas esa casa. No es una casa museo, es una casa-novela. Una novela que realmente se habita. Que te acoge. Una novela para vivir en ella. Literalmente. Y construir otras casas anexas y hacer con ellas lo mismo. Y fundar un pueblo entero de casas literarias. Un lugar para habitar novelas. Para dormir bajo el cobijo de la literatura. Un escritor que escribe aquello que habita. Un escritor al que sólo puedes leer si encuentras aquel lugar en el que ha escrito.




3) Un escritor que escribe en su ropa. Sólo viste ropa blanca. Camiseta blanca. Pantalones blancos. Zapatos blancos. Sombrero blanco. Parece vestido de mismísimo papel. Escribe cada noche sobre la ropa que va a vestir al día siguiente. Camina sobre sus propias palabras escritas en las suelas de sus zapatos. Un escritor que viste sus poemas. Que es un poema andante. Que va protegido del mundo que le rodea. Un escritor hermoso. Vestido de la marca de sus versos. Que camina entre la multitud como un loco, como un iluminado, un hombre incomprensible para aquellos que no se detengan a leerlo. Como todos.

4) Un escritor que sea un verdadero poeta. Un poeta que sólo escribe un largo poema en su vida. Un poeta que ha dejado un verso tatuado en cada uno de los cuerpos de aquellas personas que han pasado por su vida. Un poema que sólo estará completo cuando todas esas personas amadas se reúnan a despedir al escritor en el último día de su vida. Un poema de amor, de muerte, de nada encarnada.

5) Un escritor de una gran y única novela. Cada uno de los episodios de esa novela en marcha lo metería en un sobre y lo enviaría a un destinatario al azar. Esa novela sería una novela desmembrada, repartida en tantos lugares diferentes como capítulos tuviera la novela. Y viviría con la esperanza de que esos destinatarios desconocidos buscasen los otros capítulos que acompañan al fragmento leído, iniciado su investigación personal, averiguando donde se hallan los otros fragmentos de ese puzzle literario. Y algún día todas esas personas, con todos sus capítulos en las manos, podrían leer la obra completa. Pero eso sería prácticamente imposible. Y ese imposible séría lo más hermoso del proyecto. Y el escritor se vería a sí mismo como un asesino que ha repartido los miembros de su víctima por el mundo, y los lectores tendrían que que ser capaces de armar ese cadaver. Y el escritor se figura que ese cadaver sería el suyo propio.




6) Un escritor que escribe con las manos de otros. Que alquila modelos de manos que sepan teclear. Él sólo dictaría su obra mientras camina de un lado a otro de un gran salón vacío, sólo ocupado por manos hermosas. Un escritor acompañado de un ejército de las manos más bellas del mundo.

7) Un escritor que escribe en las hojas de los árboles. Que escribe su diario en las hojas de los árboles que pueblan las avenidas de su ciudad. Un escritor que, cuando la ciudad duerme, baja con su escalera y su bolígrafo y escribe día a día su diario secreto en las copas de los árboles. Y cuando llega el otoño y las hojas caen, los transeúntes de la ciudad pueden leer ese diario disperso en las páginas que parecen llover de los árboles, que alfombran las aceras de las avenidas. Y sólo ahí se puede leer su diario, en los días de otoño, en las hojas que caen. Prosa de hoja caduca, otoñal, que alfombra el suelo. Un diario disperso por las calles de la ciudad. Un escritor que escribe para la fugacidad, para el olvido, para las estaciones que pasan. Para todo lo que pasa. Y todo pasa. Un escritor de árboles. Eso sería.




8) Un escritor dentro de otro escritor dentro de otro escritor dentro de otro escritor. Un escritor como una matrioska de otro escritor, hasta llegar al escritor último, diminuto, de una pieza, ya imposible de abrir, la última y pequeña nuez de ese escritor, que es el verdadero y definitivo. Vivir con esa esperanza, con la ilusión de ese escritor último. Que ni siquiera sabemos si existirá.




9) Un escritor que sueña ser todos los escritores y eso le libera del fatigoso trabajo de escribir.

miércoles, 23 de junio de 2010

TERCER CAPÍTULO PARA EL BOCETO DE UNA AUTOBIOGRAFÍA DILLINGERIANA EN MARCHA (1979)


1979. Cumplo dos años. El tiempo pasa inexorable. Dos años. Ya soy casi un anciano. Ya estoy a un paso de la muerte. 1979.


¿Qué recuerdos tengo yo de mi paso por de 1979? No recuerdo nada. Pero después sí. Después sí que recuerdo. Recuerdo que en 1979 apareció el London Calling de The Clash. Pero yo a los dos años no vivía en Londres ni en Madrid, ni siquiera en una ciudad. Vivía en un pueblo de apenas quinientos habitantes. Era un niño de dos años en un pueblo de quinientos habitantes. Y mientras tanto Joe Strummer cantaba London Calling. Pero Joe Strummer no sabía nada de todo esto. Y tampoco creo que Joe supiera que en 1979 le entregan el Premio Cervantes a Borges. ¿Borges, de gusto tan anglosajón, sabría algo de Joe Strumeer? No creo. Pero a lo mejor mientras Borges recibía el Premio Cervantes Joe Strummer cantaba London Calling. ¿Y Joe Strummer sabía algo de Borges? ¿Leyó el Aleph en alguna ocasión? No lo sé. Eso no importa nada. Nada. Y es por eso que lo escribo. ¿Por qué escribir sobre lo que importa pudiendo escribir sobre lo que no importa?





En 1979 Woody Allen dirigió Manhattan. Así que mientras Woody Allen estrenaba Manhattan Borges recibía el Premio Cervantes y Joe Strummer cantaba London Calling. Y yo estaba en un pueblo de quinientos habitantes jugando con un coche de plástico amarillo o de plástico azul o de plástico rojo. Yo estaba dirigiendo mi propia road movie por los campos de castilla. En 1979.

En 1979 no sabía nada de Ricardo Piglia ni de Edgar Hilsenrath, que son los autores que estoy leyendo en este momento. Pero recuerdo algo de 1979. Recuerdo un garaje que era una antigua sala de baile de los años cincuenta. Recuerdo las paredes empapeladas de recortes de revistas de cine con fotos de actrices de la época. Recuerdo un viejo tocadiscos. Recuerdo un baúl que tenía discos de La voz de su amo y tebeos llenos de polvo, con páginas arrancadas, con manchas que el tiempo había abandonado en sus portadas. Y Joe Strummer cantaba London Calling y yo jugaba con coches de plástico.





En 1979 yo no sabía qué loco te puedes volver, qué hermoso te puedes volver, qué sol hace en Madrid en verano a las tres de la tarde y cuántos amigos tendría en Facebook.

¿Qué hacía Nancy Sinatra en 1979? ¿Qué hacía la voz de Nancy Sinatra en 1979? ¿Qué hacía Dennis Hopper en 1979? ¿Qué hacía la primera chica qué besé? ¿Qué hacían todos en 1979?

En 1979 Adolfo Suarez gana las elecciones. Y tampoco creo que Adolfo Suarez escuchase a Joe Strummer.

En 1979 todavía no pensaba que la normalidad no existe. Que la normalidad es un tópico, una falacia, nada. Que a poco que mires bajo la alfombra ves los laberintos que hay tras la supuesta normalidad. Pero yo no lo sabía en 1979.

Después de 1979 nunca he pensado en 1979. En 1979 no sé cuántos días llovió. Y es evidente que esto no es importante y es por eso que me interesa.

Smashing Pumpinks tiene una canción que se llama 1979 que no me gusta nada. Pero en 1979 Joy Division sacaban su disco Unknown Pleasures. La primera vez que lo escuché fue como no escuchar nada. Años después lo volví a escuchar y ya no me lo saqué de dentro.





En 1979 Spielberg estrenó una película cuyo título es, 1941 que no he visto nunca y que creo que nunca veré. ¿Qué me queda por ver? En 1979 no estaba obsesionado por las cantidades, pero ahora sí.

Por eso me pregunto cuántas mujeres hermosas pasaron cerca de mí en 1979.

En junio de 1979 no sé cómo pasaba la primavera ni de qué manera se acercó el verano.

En 1979 no sé qué cuántas lágrimas derramaron los hombres a lo largo de la tierra. No sé qué cuántos polvos se echaron ese año en España. No sé cuántas raciones de calamares se sirvieron en Madrid. En 1979 no sé si había gente haciendo grafittis en Madrid, ni cuántos yonquis intentaban pillar heroína ni quién vivía en la casa en que ahora vivo. En 1979 no sé cuántos orgasmos hubo en Madrid, cuántos muertos por herida de bala, cuántas canciones que nadie recordará. En 1979 sé que yo tenía dos años y poco más. Que por la noche el tejado de mi casa se llenaba de gatos. Que soñaba con esos gatos. Que todavía hoy puedo oír los gatos que corren por el tejado. Que no puedo imaginar la vida antes de mí. Que apenas me la creo.





En 1979 no sabía quién era Dillinger.

En 1979 no sabía dónde estaba Madrid. Yo no vivía en Madrid. En 1979 no sabía dónde estaba la plaza del Dos de Mayo. No sé quién había en la plaza del Dos de Mayo.

En noviembre de 1979 a lo mejor fui con mis padres a poner flores a los muertos, pero no lo recuerdo. En noviembre de 1979 a lo mejor llovió y yo miré la lluvia, pero no lo recuerdo. En noviembre de 1979 cumplía dos años y a lo mejor lloré y a lo mejor vi un avión rasgar el cielo, pero ya no lo recuerdo. Entonces ¿qué importa todo eso?

En 1979 muere Sid Vicious y yo entonces tampoco sé quién es Sid, pero después sí que supe quién era. Después lo supe. Después me compré discos de los Pistols. Después vi Sid y Nancy. Después caminé por Londres y me acordé de Sid. Y me acordé de Nancy. Y me acordé de los punks que ya no existían. Y me acordé de que en 1979 moría Sid Vicious y yo cumplía dos años. ¿Y qué hacía yo con dos años?




En 1979 se estrena Barrio Sesamo en España. Debería escribir algo sobre eso. Un poema. Una oda. Un homenaje. Hay que dar un premio a toda la gente que alegra la infancia de los demás. Ya hay demasiada gente jodiéndola. Barrio Sesamo. Qué perfección. Qué maravilla. Viva Coco.


1979. Ya tengo dos años. Y cuando yo tengo dos años muere Virgilio Piñera, del que años después leeré el cuento Insomnio, que terminaba diciendo: “El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente”. Esto supongo que es un spoiler. En 1979 no sabía lo que era un spolier. No existían los spoiler. O no como se conocen hoy. Tampoco tenía insomnio en 1979. Hoy sí que tengo. De vez en cuando. No a menudo, pero sí de vez en cuando. El insomnio es un estado curioso y torturado. La teletienda le debe muchos favores al insomnio. Tantos favores. Todos le debemos favores a alguien. Incluso el insomnio debe favores. La teletienda. Con insomnio he visto cuchillos que cortan zapatos y cuchillos que cortan filetes. Con insomnio he visto muchos cuchillos. Y chicas de las que olvidé el nombre, pero no las piernas. Las piernas, no.

Si Virgilio Piñera escribiera hoy su cuento Insomnio algo diría de la teletienda. Lo mismo decía: “El hombre está muerto pero sigue viendo la teletienda. La teletienda es una cosa muy persistente”.





En 1979 ya tengo dos años. Dos años de los que nada recuerdo. Dos años como si no fueran míos, pero fueron. 1979. Recuerdo un coche de plástico, recuerdo el cielo recortado en una ventana. Recuerdo una canción que alguien silbaba y no sé de dónde venía. Recuerdo baldosas frías, pasillos largos, balcones que daban al horizonte. 1979.

Recuerda un SIMCA rojo, recuerdo un sofá de skay, recuerdo una tele que se veía mal. Recuerdo una carta de ajuste. Recuerdo cromos de fútbol y recuerdo cromos de coches. O quizá aquello fue más tarde. Sí. Fue más tarde. Pero necesito llenar de contenido los años vacíos. Me hago prestamos de unos años a otros para equilibrar de ese modo la cantidad de recuerdos. Qué raro.





En realidad todo esto es mentira. No recuerdo nada de 1979. Nada.

En 1979 yo era alguien que no sabía quién era. Tenía dos años. No recuerdo nada y sin embargo tengo la certeza de que tampoco he cambiado tanto desde entonces. Bueno, ahora tengo más barba, unas gafas de sol chulísimas y una biblioteca que te cagas. Y pronuncio mejor la palabra: “Mamá”. Pero pronuncio igual de mal la palabra: “Papá”.

Y no sé qué más.


Nada.

jueves, 17 de junio de 2010

VERANO ANDRADE


Cuando llega el verano vuelvo a leer a Eugenio de Andrade. Es una obsesión. Acabo de caer en la cuenta. Se acerca el verano y abro de modo sonámbulo los libros del poeta portugués. Sucede así, sin más. No tiene explicación. Viene sucediendo desde hace unos años. Acabo de caer en la cuenta. Cuando llega el verano leo a Eugenio de Andrade de modo constante y placentero. Eugenio de Andrade viene con el sol, con las gafas de sol, con la crema protectora para el sol.

Cuando llega el verano vuelvo a leer a Eugenio de Andrade. Cuando llega el verano vuelvo a leer en los trenes. Al lado de las piscinas. Vuelvo a leer al lado del mar. Vuelvo a leer en las terrazas de verano, con las chicas de verano, con las cervezas de verano.





Cuando llega el verano vuelvo a leer a Eugenio de Andrade, escucho a las chicas más pop y trato de librarme del mayor número de idiotas posibles. Cuando llega el verano la diversión no está asegurada y la gente suda demasiado en el metro, y la gente bebe demasiado en el Dos de Mayo y parece que todos se han levantado con el único objetivo de terminar la noche besando a cualquier otro alcoholizado.

Cuando llega el verano vuelvo a leer a Eugenio de Andrade y cuando llega el verano pasan algunas cosas que sólo pasan cuando llega el verano. Cuando llega el verano querría ser un músico de gira por España, un hombre solitario en un hotel de las Bahamas, un vigilante de la playa. Cuando llega el verano la televisión se llena de reposiciones y ver recostado en el sofá una serie de hace décadas deja una sensación de tristeza, de abandono, de profunda inutilidad.

De todo eso me salva Eugenio de Andrade cuando llega el verano y siempre me acuerdo de este poema que lleva por título Ver claro y que dice así:

Toda la poesía es luminosa, hasta
la más oscura.
El lector es quien a veces,
en lugar de sol, dentro tiene niebla.
Y la niebla nunca deja ver claro.
Si regresa una y otra vez
y otra vez
a esas sílabas encendidas
le cegará tanta claridad.
Bendito sea quien llegue.





Cuando llega el verano lo peor son los especiales de verano. Pero cuando llega el invierno lo peor son los especiales de invierno. Así que lo peor son los especiales sea la época que sea. Lo peor son los especiales y las listas y las recopilaciones y toda esa mierda. Eso es lo peor.

Cuando llega el verano no llega el verano como llegaba cuando era adolescente, porque ya llegaron otros veranos y no trajeron nada de lo que prometían. Cuando llega el verano sé que los años han pasado, que los libros se acumulan, que el mismo sol que embellece la piel quema la piel. Cuando llega el verano saco algunos viejos discos y los vuelvo a escuchar y suenan igual que siempre y diferentes cada vez.

Cuando llega el verano me acuerdo de ti y de ella y de todos vosotros.

Cuando llega el verano busco las calles más blancas, camino entre las buganvillas, espero la noche. Eso hago. Me lleno de arena las manos y de poemas de Andrade los ojos. De versos como estos:

"La poesía adora
andar descalza por la arena del verano
."





No sé a qué viene esa obsesión con el poeta portugués cuando llega el verano, pero es algo que viene siendo así desde hace ya unos años. Sale el primer rayo de sol y vuelvo a abrir los libros de Andrede. Qué cosas. Creo yo que Andrade no es un poeta modelno ni enrollado ni que da para sesudas teorías literarias que tanto gusto dan, pero me parece a mí que es un poeta refrescante para leer en verano. Mejor que un polo de limón. O por ahí. Como caminar descalzo por una playa desierta. O así. Me parece a mí.

Abro los libros de Andrade acumulados en el estante y encuentro varios subrayados que hice en diferentes épocas. El tipo va y te dice al inicio de un poema:

“No se aprende gran cosa con la edad.
Tal vez a ser más sencillo,
a escribir con menos adjetivos.”


Ahí es nada.





De tanto leerlo en verano he caído en la cuenta de que Eugenio de Andrade es un poeta solar y más veraniego para mí que el mismísimo Georgie Dann.

Dadme un verano más/un verano del sur” dice Eugenio de Andrade. Y yo diría: “Dadme un verano más/un verano de Andrade”. Eso diría yo.

Ellos son los que anuncian el verano” dice Eugenio de Andrade refiriéndose a los jacarandas de Lisboa. Pero para mí es él quien anuncia el verano. Y también es él quien pone fin al verano, pues como él mismo dice:

"Llega a su fin el verano, ahora me queda
la poesía camino de la prosa."


Pues eso. Poco más. Que el verano Andrade va a comenzar en breve y recuerdo aquello que el poeta escribió y que nunca olvidaré, que siempre llevaré en los bolsillos de mi pantalón, que siempre llevaré entre los dedos, que siempre irá hacia donde yo vaya. Esos versos:

Tiemblo como si tuviera
quince años y toda la tierra
fuera leve.”


Toma ya. A algo así nada más se puede añadir. O sí. Pero yo no lo voy a hacer.



sábado, 8 de mayo de 2010

LA PÁGINA EN BLANCO DE MI DIARIO

La verdad es que esto no es nada más que una página en blanco. Nada más. Y nada menos.

Hasta hace un segundo esto no era más que una página en blanco que ahora se está llenando de palabras. Palabras que no sé dónde van, que no sé de dónde vienen. Palabras que aparecen por temor a que no aparezcan. Palabras que me centran sin razón. Que recuerdan a la cuerda de un equilibrista. Que son el camino de baldosas amarillas que no conducen a ningún lugar.

Ver la página en blanco me marea, aunque la página en blanco es la verdad que no hay que temer. Porque quizá la verdad del mundo no esté en las palabras, sino en la página totalmente en blanco, en ese vértigo, en ese abismo total.




La página en blanco. La página vacía. La página zen. La página nevada.

Ese es el reto: coger el montón de nieve que es una página blanca y hacer con ella bolas de nada, del mismo modo que hacen los niños en los inviernos nevados. Y lanzar esas bolas a los demás. Para jugar. O incluso lanzárselas a uno mismo, para despertar o para yo qué sé. Para pasar el tiempo. Para no pensar en todo eso que es mejor olvidar. Para despabilarse de todo.

Pero también es algo más una página en blanco.

Una página en blanco es un espejo donde uno se refleja.

Y quizá uno no escribe para comprenderse mejor ni para desenmarañarse el rostro o el alma, sino que escribe por temor a verse totalmente reflejado. Verse la calavera, el hueso, verse la nada. Toda esa nada que hay debajo de las uñas, del pelo, de los párpados. No sé.

Verse la página en blanco que uno también tiene bajo la piel.

Ver la página en blanco que está detrás de todo, después de todo.






Las palabras también son una alambrada para protegernos de la página en blanco. No se trata del temor a la página en blanco por el horror de no saber qué escribir. Es que precisamente escribimos para no ver la página en blanco. Para no ver su absoluta verdad, su silencio total que está gritando, que está aullando, que nos rompe el corazón con su grito vacío.

La página en blanco es pura literatura, diría yo. Y no sé muy bien porqué lo digo y sí que lo sé. Y eso quería decir. Sólo eso. Es poco, y aún así es menos de lo que dice una página en blanco.

Y ya está.

sábado, 1 de mayo de 2010

HE VISTO (3)


Es alarmante el tiempo que hace que no escribo en el diario. Es alarmante y dice poco de mí. Quizá es que tengo poco que decir. De mí o de nada. Más bien es cierta sequedad vital. Falta de tiempo. Ausencia de la vibración de la escritura. Esa vibración. Esa llama. No sé. Voy a contar algunas cosas. Voy a contarme algunas cosas. Cosas breves y sin importancia. Para curarme la ausencia de alegría. A ver si se me da bien, porque estoy algo cansado. Lo que más me molesta de todo no es estar cansado, sino estar cansado por algo ajeno a la escritura. Estar cansado por la pura chatarrería de vivir. Pero me lío. Me lío. Me lío. El diario debería ser cada día más importante para mí. Porque la única verdad que yo muestro es este diario. A veces creo que la única certeza de que estoy vivo es este diario. Porque lo único que escribo y que no deseo quemar en el fuego es el diario. Por eso voy a hilar algunos fragmentos que tenía anotados por ahí y que conforman la tercera parte de la serie He visto, que comenzó aquí y continuó aquí.





33) He visto cómo pasaba un mes sin poder conseguir unas horas de calma para escribir en el diario como el diario se merece. He visto que los días pasaban, que las noches pasaban y cuando tenía unas horas libres las utilizaba para descansar tomando una copa y perdiéndome por ahí. La angustia por el tiempo que uno pasa ocupado en trabajos que tampoco le importan demasiado, pero que necesita para ir sobreviviendo, es cada vez mayor. Durante este mes sin escritura y de lecturas más bien escasas, lo peor es la sensación de que uno podía ser también otro, podía haber sido cualquiera. Cualquiera enganchado a un ordenador, a unos horarios de oficina, a unos horarios de trenes y autobuses. Cualquiera. Eso es lo peor. El diario no sólo me desenreda las ideas sino que también me vuelve a reconstruir, me devuelve mi imagen de nuevo, me centra. Vuelvo a saber quién soy yo de entre toda la masa de gente que corre por el túnel del metro, angustiada para no perder el tren de las nueve de la mañana.


34) He visto, a la espera de coger un tren, mientras desayunaba en el McDonald´s que hay en el centro comercial de Príncipe Pio, un pájaro sobre una silla. Un gorrión. Nadie se lo puede creer, eso lo sé, por extravagante, pero es cierto. En el McDonald´s de Príncipe Pío había un pájaro. Es verdad. Y me impresionó. Un gorrión subido a una silla, picoteando migas de pan de hamburguesa. Miré a las mesas de alrededor, pero nadie se fijaba en él. Tampoco había mucha gente. Pensé: “Hasta los pájaros comen en el McDonald´s”. Y también: “Hasta los pájaros entran en los centros comerciales”. Eso me hacía gracia, sobre todo porque la gente utiliza a los pájaros como un símbolo de la libertad. Libre como un pájaro, dicen. Pues ahora hasta los pájaros comen en el McDonald´s y eso dice mucho del tiempo que nos ha tocado vivir. Aunque yo nunca he entendido eso que dicen sobre los pájaros. Me gustan los pájaros, los observo atento. Son fascinantes. Incluso leo sobre ellos. Pero no creo que sean más libres que una vaca o un lagarto. No creo que estar en el cielo sea mejor que estar en el suelo, por poner un ejemplo. Pero puede que sí. El caso es que desayuné en el McDonald´s al lado de un gorrión. Y eso me pareció algo digno que contar. Cada día estoy más convencido de que los grandes temas esconden verdades banales y los pequeños temas a lo mejor no esconden grandes verdades, pero sí tienen algo de hueso en su interior. Y eso me lleva a algo que hice esta misma semana: releer algunas páginas de Pla.





35) He visto los diarios de Pla en la estantería de mi habitación y los he cogido. Hace tiempo que no hacía eso. Leyendo unas páginas me he sometido a un ejercicio interior de limpieza literaria. No sé si me explico. Me parece que funciona como una de esas dietas depurativas que hace la gente para eliminar toxinas. Pla me limpia de toxinas literarias. Pla es la precisión máxima, la prosa sabrosa, colocar la linterna de la escritura sobre cualquier rincón e iluminarlo. Pla es la observación minuciosa. Ojos de microscopio literario. Después de unas horas releyendo páginas de Pla vuelvo a estar limpio de palabras y lleno a la vez de palabras. No sé explicarlo bien, pero leer a Pla es como entrar es un Spá literario, de donde uno sale limpio, relajado, depurado. El Spa Josep Pla. No estaría mal. Ja.

36) He visto en el parque del Retiro varios grupos de adolescentes en la hierba bebiendo, fumando, dando patadas a un balón, besándose, retozando al lado de un árbol. He visto a varios grupos de adolescentes siendo felices sin saberlo. Viviendo algo parecido a lo mejor que van a vivir. La hierba y los adolescentes son una unión de las más felices que yo puedo imaginar. Creo que ya he hablado de esto. Lo feliz que me parece siempre la gente en la hierba. Una pareja siempre me da más impresión de felicidad besándose en la hierba que en un sofá o así. No sé. A mí me pasa. Tengo envidia de todos esos adolescentes que se besan en la hierba. Paso a su lado y oigo sus risas irrepetibles, veo sus cuerpos encendidos, me fascino ante sus besos. Y sé que todo eso durará un segundo y que ese segundo ya está pasando y ellos ahora ya no son adolescentes y pasean a mi lado mirando a otros adolescentes, que a su vez también pasarán, porque la vida es un instante, porque todo eso es apenas una chispa que cuando se enciende ya se está apagando. He visto el sol cayendo sobre los adolescentes y he sentido una bofetada de vitalidad. Si es que eso puede ser.

Antes de irme he pensado: “Quién pudiera besar con esos labios y llorar con esos ojos.”




37) He visto en sueños un desfile de moda algo peculiar. Es algo delirante, pero cierto. He soñado que me invitaban a la pasarela Cibeles. Todo el mundo decía que este año iba a ser diferente. Y era diferente. Yo estaba sentado en primera fila, cerca de famosos de la tele y así. Había una gran expectación. Y entonces se abrían unas cortinas y no salían a desfilar top models, sino escritoras. Virginia Wolf era la primera, con falda y chaqueta, después aparecía Silvia Plath, Alejandra Pizarnik, Carmen Laforet, Unica Zürn, Clarice Lispector, Sarah Kane y Emily Dickinson. No recuerdo si alguna más. Puede ser. Quizá Barret Browning. Según iban apareciendo recibían un cálido aplauso. Caminaban como modelos, sonreían como modelos y todo era muy extraño y hermoso. Me recordaba a Lynch y a Fellini, pero tampoco. Una voz decía: “Este año la colección de la nueva temporada será presentada por algunas de las escritoras más talentosas de la historia de la literatura”. Al despertar he pensado si ese sueño tenía que ver con resquicios machistas en mi mente. Lo de ver a las escritoras en un desfile de moda. A pesar de eso el sueño me ha divertido. Me ha parecido bastante molón. Me gusta tener sueños molones. Pero no sueños machistas. Así que después me he vuelto a dormir y he decidido tener otro sueño. He soñado que me contrataban para trabajar en un programa de televisión que se llama Gran Hermano writers. Los concursantes eran escritores célebres y ya muertos. Tenían que convivir tipos tan diferentes como Proust, Kafka, Rimbaud, Pessoa, Juan Rulfo, Bukowski, Umbral, Chandler, Jim Thompson, Paul Celan y George Perec. En la casa no había mucha animación, porque pasaban el día escribiendo, pero en el sueño había un salto temporal y el primer expulsado de la casa era Rimbaud. Sólo recuerdo que hacían una fiesta y Bukoswki se emborrachaba más de la cuenta y le daba un golpe a alguien, pero no recuerdo a quién. Después me he despertado y he decidido intentar sacar una conclusión de estos sueños. Y me he dado cuenta de que no tenía conclusión, porque en la vida, como en los sueños, hay mucho delirio y poca conclusión. Así que me he quedado tan tranquilo y me he tomado un café con leche. Y me he puesto a pensar en otras cosas, que no merece la pena reseñar.





38) He visto un vídeo en Yutúb de una entrevista a Enrique Vila-Matas del año 2006 o así, participando en un programa de la televisión catalana. He visto el video el mismo día que un amigo me envía un SMS con una frase de Brendan Behan que Vila-Matas recoge en su último libro Dublinesca. El SMS dice: “Soy un alcohólico con problemas de escritura”. En la entrevista Vila-Matas parece bastante emocionado y encendido por el alcohol. Y habla de la felicidad de estar con una muchacha guapa en una terraza de verano durante cinco segundos y de que no hay nada comparable a eso y de que esos cinco segundos justifican una vida y de que eso es algo que Carod-Rovira no puede entender. La entrevista me ha parecido feliz, triste, divertida, y algo más que no sé definir. Y se la recomiendo a todos.

39) He visto en el bloque de edificios frente a mi casa, el que veo siempre desde la ventana de mi habitación, a una mujer bailar. Intenté adivinar qué música escuchaba por su modo de bailar, pero no llegué a ninguna conclusión clara. Así que la seguí mirando. La mujer tendría unos treinta años o así. Después pensé que quizá no había música en la habitación y sólo estaba en su cabeza. Y después pensé que esa es la única música que importa, la única música que realmente se puede bailar, la que está dentro de tu cabeza. También deseé estar en la habitación con ella y escribir un relato sobre algo que es ya un tópico y que podríamos llamar la vida tras las ventanas. Y llamarlo La vida tras las ventanas. Después perdí el interés, y cuando volví a mirar la chica ya no estaba. Y después caí en la cuenta de que quizá no sólo la música estuviese en la cabeza de la chica, sino que la chica también estaba sólo en mi cabeza. Por lo tanto puedo decir que había una chica que estaba en mi cabeza que tenía una música en su cabeza que le hacía bailar. Y que eso, así, tal cual contado, parece un absurdo, pero es la vida latiendo del modo más puro. Y quien quiera entender que entienda.




40) He visto cómo han desaparecido de mi agenda algunos amigos y han aparecido otros nuevos. He visto cómo se pierden amigos, cómo aparecen otros nuevos, cómo todo cambia sin mayor trauma. He comprobado que uno de los mayores males, o errores, o como queramos llamarlos es la manía de elevar ciertos asuntos a categoría sagrada. Eso pasa con la amistad. El club sagrado de los amigos. Con mis amigos hasta la muerte. Nada es para tanto, creo yo. Nada es tan intocable, me parece a mí. Bastaría con tratar de vivir con cierta naturalidad y honestidad, sin tratar de crear grupos constantemente. Sin convertir a tus amigos en tu propia secta, o tus esclavos, o tu pequeño ejercito con el que defenderte del resto del mundo. No hay que mitificar estas cosas. Nada es para tanto. Un día estas bebiendo con un tipo al lado de un barra y al siguiente con otro. Un día le confiesas una gran verdad a una chica que no conoces de nada y al día siguiente estás viajando con un tío que hace un año no sabías quién era. Yo creo que viene bien ser precavido con todo esto de los grupos y de las fidelidades. Porque un refugio también se puede confundir con una cárcel.





41) He visto que mi diario volvía a llenarse de palabras y he respirado aliviado y he sentido que volvía a la vida y he sonreído porque nunca creí que el diario se convirtiera en algo tan necesario, y oxigenante y curativo. Y sé el porqué. Porque sólo en el diario soy yo, realmente yo, cien por cien yo. Es sorprendente. Lo es. Sin duda. Porque sólo aquí, bajo el personaje que inventé para escribir en el diario no soy un personaje. Como si me vistiese de otro para ocultarme y descubrir que ese disfraz de otro soy yo mismo desnudo. Yo creo que esto está claro, pero también podia decir: "Me puse una máscara para ver mi verdadero rostro". Y funcionó.

La escritura cada vez va cumpliendo una función más clara en mi vida. Cada vez más la escritura como un aseo personal. Y cada vez menos la literatura con letras grandes. Cada vez menos interés por algunos suplementos culturales, movimientos literarios, teorías y generaciones. Pero cada vez más la escritura como un modo de vida individual e higiénica, y como un modo de vestirse y desnudarse y coronarse a uno mismo, como un rey loco, como un rey que es al tiempo rey y bufón, un rey solitario y tarado que de tanto creer en sí mismo consigue creyéndose todas sus mentiras y eso le hace insólitamente feliz. Pero eso lo digo ahora. Qué sé yo qué diré mañana. ¿Qué sé? Nada.


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